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_ _ José
Antonio Giménez Micó
(Concordia U) |
| “It is part of morality not to be at home in one’s home.” | |
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Theodor
Adorno
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| “To be rooted is perhaps the most important and least recognized need of the human soul.” | |
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Simone
Weil
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Iniciaré mi lectura de varios escritos del exilio latinocanadiense, en particular del poemario El exilio y las ruinas de Luis Torres, rechazando categóricamente una de las aseveraciones de un artículo escrito por… Luis Torres:
o… in the writing of the exile, the past and the signs of the other space (the one left behind) tend to come to the surface in order to unsettle the relationship of the subject with itself and the world … Thus, on the surface, the writing of the exile might give a sense of progression from trauma and suffering to healing and integration, but this movement toward is nothing but an illusion (2001-2002: 187).
Discrepo profundamente de esta última afirmación. Yo mantengo, muy al contrario, que esa evolución hacia la integración es, en algunos escritos del exilio, más que una ilusión; de hecho, yo la vislumbro en El exilio y las ruinas. Por supuesto, cualquiera de ustedes, incluso quienes no hayan leído el libro en cuestión, podría objetar que mi lectura es errónea, y ahí está el autor para corroborarlo; autor que, además, es un investigador especializado en el tema, mientras que yo confieso abiertamente ser lego en la materia. Sin embargo, no me condenen de antemano sin haber escuchado mi alegato; es decir, mi ponencia, que me apresuro a iniciar.o - - - - - -
Ir del punto A al punto B: sencillo ejercicio de distancia y geometría.
... Un día, el tiempo, a quien le gusta imaginar toda suerte de distancias, indica que ya es momento de desandar la primera distancia que separa a A de B.
Durante todas estas estaciones, el viajero que un día llegó a B desde la lejana A prepara con una suerte de feliz urgencia un par de maletas con fotos y calcetines y algún libro en una extraña lengua para retornar a su añorada A (que en todo este tiempo fue A1, una memoria cultivada con el esmero de un bonsái en manos de un jardinero ciego)
... Nada sabe (y mejor no decirle) que no vuelve al punto de partida, que es imposible el retorno a A (que en todo este tiempo fue un A1 intangible, inasible) porque desde hace mucho A dejó de ser A para convertirse en un desconocido C.
Alejandro Saravia. “El retorno,” fragmentos (2000: 94).
Si hay una invariante de la escritura del exilio, ésta es la del retorno, del regreso; de la vuelta real, imaginada, imaginaria al punto de partida; y, sobre todo, de su imposibilidad. Tensión múltiple y siempre problemática entre “aquí” y “allá,” “ahora” y “ayer” y, por qué no decirlo, “vida” y “muerte”; elementos constitutivos de lo que Luis Torres denomina el “cronotopo del exilio”:
The instability of the space/time dimensions, or what could be called the chronotope of exile, is, in the case of the exile, intrinsically related to problems of personal and collective identity in the context of individual and social disintegration (2001-2002: 183).
No hay, pues, que dejarse engañar por la ilusoria dicotomía excluyente de parejas conceptuales como “aquí/allá,” “ahora/antes” o incluso “individual/colectiva.” Lo que, en mi opinión, hay que retener del cronotopo del exilio es precisamente la “inestabilidad,” la “desintegración”: la desterritorialización de cualquier forma de identidad personal, social, temporal, espacial.La imposible, ineludible, inaplazable conexión entre el pasado y el presente, entre el aquí y el allá, entre el ser y el no ser, se establecería gracias a (y por culpa de) la memoria. La memoria es lo que permitiría al exiliado
refugiarse de nuevo en las aguas negras del río que separan el pasado del presente, implacablemente condenado a jugar el rol del barquero entre dos orillas que jamás se tocarían, sin más muertos que transportar que las tantas muertes que le había tocado morir. En 1980, él había muerto dos veces, cien veces, mil veces y desde entonces y quién sabe si desde mucho antes, Alfredo no había dejado de morir incesantemente, infatigablemente… (Saravia 2003: 73)
Esta novela de Alejandro Saravia, Rojo, amarillo y verde, relata la agonía del escritor exiliado Alfredo Cutipa, residente en Montreal: su lucha con y contra el trauma que supuso para él el golpe de estado boliviano de 1980, en el cual fue obligado a participar en calidad de soldado conscripto.“Así, / para matarme me dejaron vivo” (Torres 2002: 75). Memoria, igual a trauma; trauma, igual a memoria. Esa herida en la memoria que es el trauma, es decir, lo que hace morir incesante, infatigablemente al exiliado, es la memoria; esa memoria, gracias a la cual continúa vivo, es el trauma. El exiliado es, por definición, una memoria hiriente, un sujeto fracturado. Como cualquier sujeto, el exiliado es gracias a su memoria, pero esta memoria es puro trauma: una llaga viva, que no puede, según todos los indicios, cicatrizar; una herida en la memoria a la cual no puede renunciar, pues con ello debería tirar por la borda igualmente su memoria, es decir, su mismo ser. De ahí que quizá pueda generalizarse lo que señala Luis Torres en referencia al personaje principal de Cobro revertido (Urbina 1992) y afirmar que el exiliado, cualquier exiliado, es un “subject enable (and unwilling, it seems) to escape the past that haunts its present” (Torres 2001-2002: 190).
“El retorno” de Saravia, citado más arriba, muestra explícitamente la imposibilidad de la vuelta “a A”; es decir, la inanidad de suprimir la “diferencia,” tal como la define sin complacencias ni atisbo de idealismo Luis Torres: “being other, the process of decentring, the tension between temporalities and espaces, the breaking of the ‘natural’ relation to signs” (ibid.)
Tal como nos recuerda ya desde el título uno de los poemas de El exilio y las ruinas: “No hay olvido” (32), la memoria y por lo tanto el trauma, como el crimen contra la humanidad que lo ha provocado, no prescribe. Pero El exilio y las ruinas no se limita a afirmar la imposibilidad –y la impertinencia ética– de “superar” el trauma: supone, de hecho, una reactualización de éste en la cual la “diferencia,” la “otredad” se revela más absoluta si cabe; en la cual toda esperanza de retorno a “A” se desvanece: “nosotros exiliados también en el retorno” (poema “Otredad,” Torres 2002: 26). Ésta parece ser, de hecho, la temática central del libro: el testimonio de un intento fallido de retorno, las reflexiones filosóficas que la constatación de este fracaso engendran:
La vuelta es un modo de rehacer la extrañeza que separa al ser de sí mismo. Encontrar al otro en los signos del mundo es ponerse frente a las imágenes de la separación. Ante ese gesto congelado, sabemos que las huellas que dejamos, que la mirada y nuestro paso, el pasar inmerso en ese tiempo, ya nada de lo nuestro calza allí (op. cit., 28).
¿Por qué el retorno se revela imposible; por qué la extrañeza, la diferencia, el “ser otro” persiste? En mi opinión, ello se debe, sobre todo, a que “El [anhelado] encuentro,” poema que abre el libro, deja paso casi inmediatamente a una serie de “Desencuentros,” título de un poema posterior. Para que el retorno del exiliado hubiera sido realmente efectivo; para que, de esa manera, el “ser otro,” “exiliado de sí mismo” se hubiera podido “desexiliar,” hubiera sido capaz de recuperar su ser anterior al trauma, la comunidad hubiera debido reconocerle, mientras que lo que se produce es exactamente lo contrario: “Y nunca nadie los reconoció” (op. cit., 9).
Nadie clamaba por nosotros en esos sitios,
nadie nos esperó con su brazo en alto,
para decir,
has vuelto,
hermano, hermana mía,
ven, abrázame y llora (op. cit., 24-25).
Esta imposible hermandad es la constatación de que la reconstitución de la comunidad está excluida para siempre. En “estos sitios” el exiliado no encuentra siquiera interlocutores con quienes hablar, con quienes comunicar, con lo cual la ansiada comunidad se desvanece:
Y aquellos que volvían,
nos dijimos,
–porque ya nadie nos hablaba en esa tierra–
eran las sombras que salían de nosotros… (op. cit., 17-19)
Hay una evidente relación entre esta comunicación truncada y el sentimiento de que la palabra se ha vuelto impotente: de que “el que retorna vuelve a la lectura de un texto trastocado, / palabras que ya no corresponden al objeto” (op. cit., 55). Quizá por ello, varios poemas de El exilio y las ruinas introducen, a manera de exergo, citas tomadas del diccionario que corresponden a otras tantas acepciones del término “volver”:
“La vuelta imaginada” (60-62)
Volver:
“aunar los hilos de una historia interrumpida” (DRAE)
“Por ustedes también volvían” (63-65)
Volver:
“poner nuevamente a una persona o cosa en el estado que antes tenía” (DRAE)“El inconsciente” (66-69)
Volver:
“restituirse a su sentido o acuerdo el que lo ha perdido por un accidente o letargo” (DRAE)(mi énfasis rojiverde)
¿Intento de restituir la rota relación entre el signo y el referente, entre la palabra y la realidad? Por supuesto. Pero, sobre todo, rebelión contra unas definiciones abstractas que no “calzan” con la realidad del exiliado; rebelión contra la misma noción de “volver”:
… Volver,
para negar lo nuevo que sostienes
y saber que la historia que pensabas
ya no te pertenece.… Volver al origen no es más que el retorno
a una simulación del lugar:
lo que suponíamos la verdad en cuanto a lo que fuimos.
Y la verdad es la novedad y no lo viejo que dejamos.Había que olvidar los hilos de la historia interrumpida
y aunar los hilos en la tierra del asilo.
Ésta era la verdad,
era el encuentro y no el abandono,
era abrazarnos a quien también nos abrazaba(“La vuelta imaginada,” 60-62; mi énfasis)
Según mi lectura, este poema supone un vuelco: una “vuelta” de tuerca a la temática del libro, pero también un cambio de orientación. Sin renunciar al “sur” de su memoria, y con él a los desencuentros, al trauma, al sufrimiento…, el poeta ha encontrado el “norte” de su presente y de su futuro; o, en todo caso, ha tomado la decisión de ir a su encuentro.Si lo que se privilegia en el resto de la obra es la exploración meticulosa de la desterritorialización, en “La vuelta imaginada” lo que emerge es la reterritorialización, es decir, el acto de resistencia de apropiación de la tierra de asilo.
Retomando_la cita del artículo de Luis Torres con la que he comenzado esta ponencia,_yo pretendo que el poema sí deja entrever un paso real, verdadero, no meramente superficial hacia la integración. Es cierto que no existe un movimiento “hacia,” es decir, una ilusoria progresión en la cual el exiliado abandona “A” y se integra en “B.” No, por mucho que lo deseemos, “lo viejo que dejamos” nunca nos deja: la memoria, y con ella el trauma y el sufrimiento, persiste y siempre persistirá. Es más: si el escritor exiliado puede integrarse a la “tierra del asilo,” hacerla suya, es precisamente porque NO olvida el trauma. Lo novedoso es que no sólo no lo olvida, sino que es capaz de transmitirlo, de comunicarlo.
En mi opinión, no es casual que el poema termine con estas palabras: “allí donde escribíamos / la vuelta / imaginada.” Quisiera atraer su atención sobre el verbo “escribir,” y también sobre el empleo de este “nosotros.” El exiliado ya no es únicamente un lector ensimismado de su pasado. El mero hecho de exponer el trauma a los demás es indicativo de su necesidad imperativa de “abrazarnos a quien también nos abraza,” de construir activamente una colectividad, la del escritor y su comunidad de lectores.
Regresemos un momento a Alfredo Cutipa, ese escritor exiliado boliviano de Rojo, amarillo y verde que he citado al comienzo de esta ponencia:
En 1980, él había muerto dos veces, cien veces, mil veces y desde entonces y quién sabe si desde mucho antes, Alfredo no había dejado de morir incesantemente, infatigablemente, y pese a ello cada mañana se tenía de pie frente a sus papelotes, vigorizado, lleno de palabras (Saravia 2003: 73; mi énfasis).
“Papelotes,” “palabras” que quizá jamás nadie lea, pero eso en principio poco importa: como en la manida imagen de la botella del náufrago, el hecho de escribirlos, su potencial de comunicación, de convertirse en algo común y, por lo tanto, social, es innegable. A través de esta posibilidad, por ínfima que sea, de construir un auditorio y, con él, de formar parte de un grupo, el escritor del exilio se “vigoriza,” su maltrecha identidad –difícilmente, a tientas, a oscuras– se reconstruye gracias a este poder transmitir a los demás el dolor que me habita; es decir, de poder construir una comunidad, una identidad colectiva con la cual comunicar. Luis Torres lo expresa admirablemente en su artículo:
Trauma is the reason why the writing of the exile is in many ways a form of therapeutic writing, a release of the self in the projections of the text, which leads to anagnorisis, an instance when the reader recognizes in representation his or her own experience of the world. It is in this recognition that the pathos of exile crosses the personal boundaries of subjectivity to become a work of the imagination to be shared with the others (Torres 2001-2002: 183).
Cualquier escrito del exilio presenta al lector, lo confronta con esta dolorosa visión del mundo del exiliado: esta constante “vuelta” a “A,” por emplear el símbolo simple, abstracto, extremadamente descarnado y, por ello, tan eficaz en su universalidad del poema de Saravia. En este sentido, si la anagnórisis de la que habla Luis Torres tiene un valor terapéutico, quizá sea porque el escritor exiliado consigue, en este traspaso al lector de su experiencia, crear cierta distancia: ya no se trata únicamente del “conocimiento” del trauma, sino de su “re-conocimiento.” Por muy doloroso que sea el ejercicio de rememoración, ya no se trata exclusivamente de “sufrir” el trauma, sino de “hablar de,” de “referirse a” ese sufrimiento. Por emplear términos de la lingüística, en el acto de “escribir sobre,” el escritor exiliado no “usa” ya simplemente el trauma (o el trauma ya no lo usa a él, a ella), sino que éste es “mencionado,” puesto de alguna manera “entre comillas”: el ejercicio distanciador de la escritura capacita a considerar el trauma, al menos parcialmente, como un “objeto,” algo de algún modo ajeno a mi ser.Insisto: el ejercicio de rememoración es sin duda extremadamente doloroso, pero la distancia que permite el proceso de escritura del trauma, la mera posibilidad de comunicar, de delegar aunque sea mínimamente esta memoria agónica a otros que han sufrido o no circunstancias similares a la suya, constituye –por seguir con la manoseada metáfora del náufrago– la frágil “tabla de salvación” del exiliado. Y, de paso, enriquece a sus lectores con un atisbo de esa memoria agónica.
En mi calidad de lector, puedo atestiguar que esta literatura ha cumplido la función terapéutica y, yo añadiría, social (terapéutica porque social) que Torres le atribuye: la de ir más allá de las fronteras personales de la subjetividad y, de esta manera, la de permitir compartir con otros como yo unas experiencias que, aunque obviamente continúan y continuarán siéndome ajenas, he hecho “mías” de alguna manera.
La lectura de El exilio y las ruinas me ha ayudado así a alcanzar una visión del mundo menos unilateral, más “contrapuntística,” por emplear la metáfora musical de Edward Said.(1)
Ya para concluir. En esta ponencia, he intentado transmitirles cómo he leído esta obra; es decir, cómo alguien que ni es escritor, ni exiliado, ni latinoamericano se la ha “apropiado”(2):_cómo la lectura de esta obra me ha ayudado a reconocer –y a reconfigurar– mi propia experiencia del mundo; mundo que hago mío a partir de mi sentido de pertenencia “latinocanadiense” o “hispanocanadiense,” como prefieran -¡pero no "transatlántico,” por favor!- a este país que es el mío y el de Luis y el de casi todos ustedes.
Muchas gracias, Luis. Y gracias a ustedes por su paciencia.
(1)“Seeing ‘the entire world as a foreign land’ makes possible originality of vision. Most people are principally aware of one culture, one setting, one home; exiles are aware of at least two, and this plurality of vision gives rise to an awareness of simultaneous dimensions, an awareness that–to borrow a phrase from music–is contrapuntal” (Said 186)._REGRESAR
(2)“... when the reader recognizes in representation his or her own experience of the world. It is in this recognition that the pathos of exile crosses the personal boundaries of subjectivity to become a work of the imagination to be shared with the others”; ”we see the importance of exploring exile as a site of struggle for new forms of creativity, belonging and identity in the context of cultural and territorial displacement” (Torres 2001-2002: 186 y 196 respectivamente)._REGRESAR
Obras citadas
- Said, Edward. Reflections on Exile and Other Essays. Cambridge: Harvard UP, 2001.
- Saravia, Alejandro. Habitante del décimo territorio. Montreal/Toronto: Artifact, 2000.
_____oRojo, amarillo y verde. Toronto/Montreal: Artifact/La Enana Blanca, 2003.
- Torres, Luis. El exilio y las ruinas. Santiago/Buenos Aires: Ril, 2002.
_____o“Writings of the Latin-Canadian Exile”._Revista Canadiense de Estudios Hispánicos 26.1-2, otoño 2001-invierno 2002.
- Urbina, José Leandro. Cobro revertido. Santiago: Planeta, 1992.
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Text - Copyright © 2004 José Antonio Giménez Micó