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MAGALY QUIÑONES
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Des-velo II
(relato breve)
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Comenzó por la pérdida de un pie. Antes se movía a 75 kilómetros por hora, ahora debía olvidarse de correr, caminaría con dificultad, arrastrando un feo muñón en la pierna derecha. Tenía un consuelo, cada ser tiene impresiones digitales únicas, y él todavía tenía ambas manos. Pero hoy, echaba de menos su pie, el derecho; con él, siempre iniciaba el vuelo, con él, siempre ejecutaba el primer paso. No se explicaba por qué lo había perdido. ¿Sería la parte dolorosa del crecimiento?, ¿Sería reminiscencia de algún vínculo con el pasado?, ¿Tendría que ver con la llegada de un nuevo siglo? Las preguntas sin respuesta y la falta de movilidad acabaron por agotarlo.

Sujetó con fuerza el ramo de uvas jugosas que pondría, sin que nadie lo notara, sobre la mesa de juego. Le parecía ver las sucias caritas de los niños sonreídas ante la vista inesperada de las golosinas. -¡Uvas!, exclamarían a coro. Llenarían las voraces bocas con el preciado fruto y, por unos minutos, desvanecería el fantasma del hambre. Sólo que hoy llegaría tarde (hasta pensarlo le causaba angustia), llegaría tarde y con un solo pie. Los más pequeños, acostumbrados a la puntualidad del milagro, se marcharían a pedir limosna al aeropuerto o subirían por alguna calle atestada de gentes buenas -y malas- buscando un mendrugo, una caricia, una experiencia nueva, algo de magia, quizás. La angustia y la impotencia volvían a inmovilizarlo. No era fácil sobrevivir en estos tiempos, pensaba. Ahora más que nunca eran necesarios seres como él. Según los niños, los viejos... 

Una súbita rasgadura lo sacó de su ensimismamiento. Se estremeció al comprobar que había perdido su pierna izquierda casi a la altura de la cadera. ¿Adónde fue?, se dijo. ¿Y ahora por qué?... Sentía que se le agotaba el aire. Sentía el planeta como algo distinto, ajeno a su realidad diaria. Bajó lentamente su mano izquierda sobre lo que ahora era un hueco. Un dolor punzante sobre la cintura le indicó lo que ya temía, pronto sobrevendría el desplome. Los ligamentos, el armazón, la espina superior que sostenía cada hilera, cada punta, cada membrana, los huecos en cada una de sus cañas, sufrirían los efectos de la quebradura. Pronto perdería la capacidad de usar sus alas. Ahora debería descender en paracaídas, como los hombres. Ahora debía olvidar que era un ángel.

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